Diputación Provincial Alicante
Mirando al norte
Sota escribía «Creemos siempre que el hecho del concurso es la gran ocasión, la gran ocasión de la gran obra; pero gran obra en el
sentido nuestro, de y para arquitectos, y eso no es así». Se refería a que, habitualmente, en los concursos se responde con arquitectura de «bella arte» y no de servicio. No fue así en la ampliación de la Diputación de Alicante. Resultó una gran obra entendida como una institución eficiente para promover la prosperidad de los municipios. La respuesta fue rotunda, un edificio administrativo para un trabajo colectivo, sin jerarquías, proyectando un ambiente único. Un nuevo edificio que surge en la acera opuesta, frente al jardín de la sede institucional —un Palacio Historicista— tangencial y aislado, con una convencida forma moderna resultante del voluntario ascetismo compositivo y material.
En Alicante hay que protegerse o evitar la fuerte y molesta luz de poniente que ofrece la orientación principal. El edificio se resguarda negando la fachada y se abre a la buena orientación. Para ello, el compacto solar se transforma mediante dos rasgaduras longitudinales que rompen la convencional continuidad del plano de calle permitiendo una geometría más apropiada. Una libera el edificio de la medianera dando acceso al parking, la otra divide en dos el solar trapezoidal e introduce la luz en el corazón del edificio.
Más allá de adecuarse, la construcción se desliga de la irregularidad y busca el acomodo con una volumetría ortogonal que, ajena a
las leyes de la parcela, formaliza una planta en H. Los dos brazos, enlazados por un espacio bierto de uso común que aloja la escalera principal exenta, muestran posturas alternas ante el vacío central generado: uno se asoma abiertamente, el otro es ciego excepto en su límite superior, el aire fluye transversalmente intensificando las relaciones espaciales y visuales. La nueva ortogonalidad construye orden evitando las áreas residuales, añade fachadas para la entrada de una luz reflejada de sureste y permite una retícula estructural de pilares de hormigón.
El proyecto queda definitivamente resuelto en sección, Sota está presente. Una secuencia de cuatro salas, abiertas y semi-cerradas dos a dos en torno al espacio central, se enlazan y van concatenando las distintas plantas organizando un espacio interior dinámico. Persiguiendo la deseada idea de una atmósfera diáfana, ningún elemento vertical alcanza el plano del techo.
Es conocido que Javier García-Solera gusta de mirar al norte. El nuevo edificio de la Diputación se presenta silencioso, como la ampliación de Asplund en el Ayuntamiento de Göteborg. Sin literalidad, en Alicante el acceso se retira acristalado, formalizado con este gesto, y la sección se muestra a la calle, construida por dos cuerpos de piedra Bateig con fachadas alineadas. La nueva geometría permite una construcción racionalizada que se refleja en un riguroso dibujo del aplacado. La estereometría define el acuerdo de los oficios enrasando vidrio y piedra en una superficie plana que descubre su condición moderna. Mientras la pétrea materialidad denota institucionalidad, los remates contribuyen a la abstracción: el inferior lo hace flotar, el superior, una plancha de acero inoxidable, enfatiza su regularidad. A la búsqueda del palacio y su jardín, una esquina del bloque se acristala encuadrando vistas mientras la envolvente de caliza se introduce al interior trasdosada por paneles de madera, y convertida en un almacenaje que limita las estancias, sin esquinas, solo planos que se cruzan. En este juego, el plano de acero de la barandilla surge para detener al atardecer el sol de poniente.
Maite Palomares
Sota escribía «Creemos siempre que el hecho del concurso es la gran ocasión, la gran ocasión de la gran obra; pero gran obra en el
sentido nuestro, de y para arquitectos, y eso no es así». Se refería a que, habitualmente, en los concursos se responde con arquitectura de «bella arte» y no de servicio. No fue así en la ampliación de la Diputación de Alicante. Resultó una gran obra entendida como una institución eficiente para promover la prosperidad de los municipios. La respuesta fue rotunda, un edificio administrativo para un trabajo colectivo, sin jerarquías, proyectando un ambiente único. Un nuevo edificio que surge en la acera opuesta, frente al jardín de la sede institucional —un Palacio Historicista— tangencial y aislado, con una convencida forma moderna resultante del voluntario ascetismo compositivo y material.
En Alicante hay que protegerse o evitar la fuerte y molesta luz de poniente que ofrece la orientación principal. El edificio se resguarda negando la fachada y se abre a la buena orientación. Para ello, el compacto solar se transforma mediante dos rasgaduras longitudinales que rompen la convencional continuidad del plano de calle permitiendo una geometría más apropiada. Una libera el edificio de la medianera dando acceso al parking, la otra divide en dos el solar trapezoidal e introduce la luz en el corazón del edificio.
Más allá de adecuarse, la construcción se desliga de la irregularidad y busca el acomodo con una volumetría ortogonal que, ajena a
las leyes de la parcela, formaliza una planta en H. Los dos brazos, enlazados por un espacio bierto de uso común que aloja la escalera principal exenta, muestran posturas alternas ante el vacío central generado: uno se asoma abiertamente, el otro es ciego excepto en su límite superior, el aire fluye transversalmente intensificando las relaciones espaciales y visuales. La nueva ortogonalidad construye orden evitando las áreas residuales, añade fachadas para la entrada de una luz reflejada de sureste y permite una retícula estructural de pilares de hormigón.
El proyecto queda definitivamente resuelto en sección, Sota está presente. Una secuencia de cuatro salas, abiertas y semi-cerradas dos a dos en torno al espacio central, se enlazan y van concatenando las distintas plantas organizando un espacio interior dinámico. Persiguiendo la deseada idea de una atmósfera diáfana, ningún elemento vertical alcanza el plano del techo.
Es conocido que Javier García-Solera gusta de mirar al norte. El nuevo edificio de la Diputación se presenta silencioso, como la ampliación de Asplund en el Ayuntamiento de Göteborg. Sin literalidad, en Alicante el acceso se retira acristalado, formalizado con este gesto, y la sección se muestra a la calle, construida por dos cuerpos de piedra Bateig con fachadas alineadas. La nueva geometría permite una construcción racionalizada que se refleja en un riguroso dibujo del aplacado. La estereometría define el acuerdo de los oficios enrasando vidrio y piedra en una superficie plana que descubre su condición moderna. Mientras la pétrea materialidad denota institucionalidad, los remates contribuyen a la abstracción: el inferior lo hace flotar, el superior, una plancha de acero inoxidable, enfatiza su regularidad. A la búsqueda del palacio y su jardín, una esquina del bloque se acristala encuadrando vistas mientras la envolvente de caliza se introduce al interior trasdosada por paneles de madera, y convertida en un almacenaje que limita las estancias, sin esquinas, solo planos que se cruzan. En este juego, el plano de acero de la barandilla surge para detener al atardecer el sol de poniente.
Maite Palomares